La de los Tristes Destinos

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Pasadas las efusiones del reconocimiento o anagnórisis, Lagier dijo a Ibero: «Acompáñame a unas diligencias, y luego te vienes conmigo a bordo, para que hablemos largo y tendido.». Así se hizo: pasó el riojano la noche en el Buenaventura, gozoso de platicar con su segundo padre. ¡Qué admirable coyuntura para hacerle confesión general de su vida en el tiempo que había corrido suelto por el mundo! Hablaron de política y de revolución, y Santiago abordó con valentía el magno asunto de su revolución propia, de sus amores con Teresa y de su firmísimo inquebrantable lazo de matrimonio libre, sin reparo ninguno de los antecedentes de ella y de sus pasados extravíos. Oyó Lagier la historia, sin reír como los anteriores oyentes, y vio toda la importancia y gravedad del caso, su fatalidad inevitable.

Apuró Santiago su dialéctica para obtener el exequatur de su maestro, y entre otras cosas muy pertinentes, dijo que no podemos ser revolucionarios en lo público y atrasados o ñoños en lo privado. Si se tira de la cuerda para lo de todos, tírese para lo de cada uno. Cierto que Ibero, al proceder de aquel modo, se ponía en desacuerdo con la sociedad, y levantaba un murallón infranqueable entre él y su familia. ¿Veía el sabio maestro alguna solución conciliadora? A esta pregunta contestó el buen marino, después de meditar en silencio acariciándose las luengas patillas, que si Santiago tenía medios de vivir en el extranjero con Teresa, trabajando los dos honradamente, diera un adiós definitivo a España, y se labrara una vida francesa del mejor modo que pudiese, con libertad y sosiego. Así, dejando pasar el tiempo, se vería libre de los disgustos que en España le ocasionaría el fanatismo. «Sí, hijo mío: el fanatismo tiene aquí tanta fuerza, que aunque parezca vencido, pronto se rehace y vuelve a fastidiarnos a todos. Los más liberales creen en el Infierno, adoran las imágenes de palo, y mandan a sus hijos a los colegios de curas. No sé hasta dónde llegará esta revolución que hemos hecho con tanto trabajo. Avanzará un poco, hasta que al fanatismo se le hinchen las narices, y diga: «Caballeros Prim y Serrano, de aquí no se pasa».

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