La de los Tristes Destinos

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Avanzada la noche y cerradas las puertas de Palacio, bajaron a las cocinas Muñoz y uno de los delegados en busca de provisiones. Tan sólo hallaron un jamón en dulce, tres botes de melocotón en conserva y dos panes grandes, duros ya como adoquines. Esto no era bastante, y como también había que repartir algo de cenar a los cincuenta y tantos hombres, entre paisanos y alabarderos, que componían la guardia, resolvieron mandar traer de fuera pan y butifarra en abundancia; el vino indispensable subiéronlo de las bien surtidas bodegas de Palacio. Ibero y Chaves, una vez que requisaron sin resultado alguno los pisos segundo y tercero, bajaron a tomar su parte de la cena. Por iniciativa del empleado de la Intendencia se cometió la expoliación más inocente que los guardianes podían permitirse. Del rico depósito de tabacos habanos que en los sótanos había, mandaron subir un par de docenas de cajas, con lo que, después de llenarse los bolsillos (que hay que mirar siempre por el día de mañana), tuvieron para fumar toda la noche. El tabaco es la alegría de las guardias y el mejor compañero de los largos plantones.

El incansable Muñoz y tres más descendieron nuevamente a las cocinas y despensas. Olfatearon y revolvieron diferentes escondrijos, y en un cuarto obscuro destinado a depósito de cenizas encontraron una maletita de viaje. Con el precioso hallazgo subieron al entresuelo, donde tenían su Cuerpo de guardia. Abierta fue la maleta con las debidas formalidades, y de ella sacaron seis mil duros, parte en billetes, parte en oro y plata, varias sortijas de oro y brillantes, dos de ellas con la corona real, un collar de perlas en su estuche, unas tenacillas de plata para el azúcar, y varias prendas de ropa interior de caballero.

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