Explore "El Amigo Manso" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nadie, absolutamente nadie. Pero como el intentarlo sólo es heroísmo, voy a ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba guardada para mí desde que el tal cínife describió su primera curva graciosa en el aire y halagó la humana oreja con el do sobre- agudo de su trompetilla. Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó segundos o terceros papeles en el período político llamado de la Unión liberal. Era de estos que no fatigan a la posteridad ni a la fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del partido y son llamados probos, activos, celosos, concienzudos, inteligentes o cosa tal. García Grande había sido hombre de negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra en los negocios gordos, un bifronte de esta raza inextinguible y fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos fungurales del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de buenas formas, que suplen a aquellas; apetitoso de riquezas fáciles; un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director general, después de gerente de un desbancado Banco o de un ferrocarril sin carriles.
En estos trotes, García Grande, cuya determinación psicofísica acusaba dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna, la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fue director gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fue todo al hoyo. Decía que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así como la humildad evangélica y el amor a los semejantes suelen andar a la greña con aquel vigor de carácter que el manejo de fondos propios y particulares exige.