Explore "La Batalla de los Arapiles" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras lo intento. Es el caso que, a pesar de la fidelidad y veracidad de mi memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa, o si habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas ideas de la hechicera Athenais. Ello es que, teniéndome por cuerdo hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las noticias y las tradiciones todas concuerden en que no pudo ser otro. Ante la evidencia inclino la frente y sigo contando.
Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de Roma la chica. Salimos miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas de la devoción, encendidas ante una imagen.