Explore "Miau" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Para completar las noticias biográficas de Víctor, importa añadir que tenía una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera, empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo extravagantes. Faltándoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le encomendase la crianza de Luis, y quizás lo habría conseguido sin las desavenencias graves que surgieron entre Víctor y su hermano político, por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos Cadalso. Tratábase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de Vélez-Málaga, y sobre si el tal edificio correspondía á Quintina ó á Víctor, hubo ruidosísimas querellas. La cosa era clara, según Cabrera, y para probar su diafanidad, no inferior á la del agua, puso el asunto en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, formó sobre él un mediano monte de papel sellado. Todo para demostrar que Víctor era un pillo, que se había adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendiéndola y guardándose su importe. El otro lo echaba á broma, diciendo que el producto de su fraude no le había alcanzado para un par de botas. Á lo que respondía Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que no le incomodaba la pérdida material, sino la frescura de su cuñado; y por esta y otras razones le llegó á cobrar odio tan profundo, que Quintina temblaba por Víctor cuando éste iba á la casa. Cabrera tenía el genio tan atropellado, que un día por poco descarga sobre Víctor los seis tiros de su revólver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su hermano fué á verla, á los pocos días de llegar de Valencia (aprovechando la ocasión en que la fiera de Ildefonso recorría el trozo de línea de que era inspector), le propuso esto: «Mira, si me das á tu Luis, yo te prometo desarmar á mi marido, que desea tanto como yo tener al niño en casa». Trato inaceptable para Víctor, que aunque hombre de entrañas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus abuelos. Quintina, firme en su pretensión, argumentaba: «¿Pero no ves que esa gente te lo va á criar muy mal? Lo de menos serían los resabios que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ángel de Dios.
Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto más gordas.