Explore "Miau" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es música-decía.-Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal. «No hay vacante.» «Pues hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga. ¿Pero dónde está mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del Ministro con cara feroce diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me den. eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando fuera de juego!. Con esta Restauración maldita, epílogo de una condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».
Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto obscuro de la enrevesada Administración.