Miau by Benito Pérez Galdós — Read

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Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones propias del caso!. Fué como un relámpago aquel trueque y abandono mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura, despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto, Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con honra ó sin honra.

Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles, clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El cesante se metió en su despacho, y las tres Miaus fueron á la sala, donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.

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