Explore "Aita Tettauen" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas. La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella.
También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero.