Explore "Aita Tettauen" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Paseando con don Toro Godo una tarde por las lomas de Cabo Negro, en dirección a la cuenca anchurosa de Río Martín, se arrancó Santiuste con unas ideas tan peregrinas, que su venerable amigo le tuvo por hombre sin seso, o a punto de perderlo. «Ya sabe usted, don Toro -dijo el poeta-, que tengo por gravísimo mal el celibato eclesiástico. La Iglesia lo puede todo en el terreno dogmático; pero no alterará jamás las leyes de Naturaleza, ni la fundamental hechura de nuestras almas. Cegada la fuente del amor humano, ¿cómo hemos de apreciar y comprender el divino? Si nos sacáis los ojos, ¿cómo hemos de distinguir los colores? Cerradnos el oído, y no sabremos gozar de ninguna clase de música».
-Esa es una cuestión, Juanito mío -dijo el ladino capellán-, sobre la cual un viejo de setenta años no puede opinar discretamente; que no está bien pedir dictamen al polo frío sobre los calores tropicales. Quien ha perdido hasta el compás no puede hablar de baile, ni su opinión vale de cosa alguna. Yo estoy en el caso de decir, con referencia a nuestro celibato, que así lo encontré y así lo tengo que dejar. Si me hubieras consultado cuarenta años ha, quizás, y sin quizás, te habría dado algún parecer ajustado a los hechos y a la realidad del vivir. Pasemos a otro asunto.