Explore "Torquemada en la Cruz" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Si no se ha dicho antes, dícese ahora que la antigua y fiel criada de las Águilas vivía en Cuatro Caminos, en el cerro que cae hacia Poniente, del lado del Canalillo del Norte. La casa, construida con losetones que fueron de la Villa, adobes, tierra, pedazos de carriles de tranvía y puertas viejas de cuarterones, era una magnífica choza, decorada a estilo campesino con plantas de calabaza, cuyas frondosas guías perfilaban el alero y la cumbre del tejado. Ocupaba el centro de un grandísimo muladar con cerca de piedras sueltas, material que fue de un taller de cantería, y de trecho en trecho veíanse montones de basura y paja de cuadra, donde escarbaban hasta docena y media de gallinas muy ponedoras, y un gallo muy arrogante, de plumas de oro. Al extremo oriental del cercado, mirando hacia la carretera de Tetuán, se destacaba un desmantelado edificio de un solo piso con todas las trazas de caseta de sobrestantía, techo provisional y paramentos sin revoco; pero su destino era muy distinto. En la puerta que daba al camino veíase un palo largo, al extremo de él una como gran estrella de palitroques negros, algo como un paraguas sin tela, y debajo un letrero de chafarrinones negros sobre yeso, que decía: Baliente, polvorista.
Allí tenía su taller el esposo de Bernardina, Cándido Valiente, que surtía de fuegos artificiales, en las fiestas de sus santos titulares, a los barrios de Tetuán, Prosperidad, Guindalera, y a los pueblos de Fuencarral y Chamartín. Bernardina había servido a las señoras del Águila en los primeros tiempos de pobreza, hasta que se casó con Valiente; y tal fue la fidelidad y adhesión de aquella buena mujer, que sus amas siguieron tratándola después, y sostenían con ella relaciones de franca amistad. De Bernardina se valía Cruz para comisiones delicadas, sobre las cuales era prudente guardar impenetrable secreto; con Bernardina consultaba en asuntos graves, y con ella se permitía confianzas que con nadie del mundo habría osado tener. Formalidad, discreción, sentido claro de las cosas, resplandecían en la mujer aquella, que sin saber leer ni escribir, habría podido dar lecciones de arte de la vida a más de cuatro personas de clase superior.