Explore "Torquemada en la Cruz" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fue preciso llevar a D. José Donoso como parlamentario. Fiadas en la autoridad del amigo de la casa, las dos hermanas le encerraron con Rafael, y aguardaron ansiosas el resultado de la conferencia, no menos grave para ellas que si se tratara de celebrar paces entre guerreras naciones enemigas. Estupendo fue el discurso de D. José, y no quedó argumento de agudo filo que no emplease con destreza de tirador diplomático. ¡Ah, no estaban los tiempos para mirar mucho a la desigualdad de los orígenes! Casos mil de tolerancia en punto a orígenes podía citar. Él, Pepe Donoso, era hijo de humildes labradores de tierra de Campos, y había casado con Justina, de la familia ilustre de los Pipaones de Treviño, y sobrina carnal del conde de Villaociosa. Y en la propia estirpe de los Águilas, ejemplos elocuentísimos podrían citarse. Su tía (de Rafael), su tía doña Bárbara de la Torre-Auñón, había casado con Sánchez Regúlez, cuyo padre dicen que fue fabricante de albardas en Sevilla. Y en último caso, ¡Señor!, él debía someterse ciegamente a cuanto dispusiera su hermana Cruz, aquella mujer sin par, que luchaba heroicamente por salvarlos a los tres de la miseria. Tocó el hábil negociador varios registros, atacándole ya por la ternura, ya por el miedo, y tan pronto empleaba el blando mimo como la amenaza rigurosa. Mas al fin, afónico de tanto perorar, y exhausto el entendimiento del horroroso consumo de ideas, hubo de retirarse del palenque sin conseguir nada. A su especiosa dialéctica contestaba el ciego con las afirmaciones o negativas rotundas que le sugería su indomable terquedad, y cada cual se quedó con sus opiniones, el uno sin ganar un palmo de terreno, ni perderlo el otro, firme y dueño absoluto en el campo en que bravamente se batía. Terminó Rafael su vigorosa jornada defensiva, asentando con fuertes palmetazos sobre el brazo del sillón y sobre su propio muslo que jamás, jamás, jamás transigiría con aquel sabandijo infame que querían introducir estúpidamente en su honrada familia, y no se recató de emplear tintas muy negras en la breve pintura que del sujeto discutido hizo, sacando a relucir la ignominia de sus riquezas, amasadas con la sangre del pobre.
"¡Pero, hijo, si vamos a buscarle el pelo al huevo.! Tú estás en babia. Te cojo del suelo, y te vuelvo a poner en las pajitas del nido de que acabas de caerte.