Explore "Torquemada y San Pedro" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La mañana del entierro, y media hora antes de la salida de este, todos los balcones de la calle rebosaban de gente, y motivos había para tal curiosidad, pues rara vez era turbado el sosiego de aquellos barrios por tan grande rebullicio y movimiento. La aparición de la carroza fúnebre, tirada por ocho caballos negros empenachados, fue un verdadero alboroto. Aquel día hicieron novillos todos los muchachos de las escuelas adyacentes; sus chillidos y travesuras llenaban de alegría la calle, y en medio de tanta algazara, el ridículo armatoste negro y sus no bien alineados corceles resultaban con cierta inflexión cómica, por efecto sin duda del contagio. Corrían delante y detrás los chicos con agilidad suma, y cuando paró el carro, los lacayos de empolvada peluca tuvieron que emprenderla con ellos a bofetada limpia, para librarse de su molesta curiosidad. Esto, y el carnavalesco carruaje del Senado, la turbamulta de vehículos diferentes que por una y por otra parte de la calle venían, ocuparon a los guardias municipales, que ya no tenían cabeza ni manos para atender a tan complicado servicio.
En el interior de la casa, la invasión de personajes enlutados y con cara triste era mayor a cada minuto. Todos visitaban la capilla ardiente, en cuya atmósfera no era posible respirar mucho tiempo sin marearse. Hermanitas de diferentes congregaciones rezaban de rodillas; Gamborena y otros clérigos dijeron misa en el oratorio desde el alba hasta las nueve. La servidumbre no había tenido punto de reposo desde la noche anterior, y el cansancio, más que la pena, se pintaba en los bien afeitados rostros.