Explore "Torquemada y San Pedro" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Herido en lo profundo por aquel golpe, el Marqués viudo de San Eloy pagó a la naturaleza física el tributo que su dolor le imponía, pues alguna vez había de desmentirse la robustez fisiológica, que con el desgaste de los años iba ya de capa caída. Un mes de enfermedad le costó la broma, según decía, viéndose obligado a dar de mano a los negocios, y a cuidar tan sólo de echarse tapas y medias suelas para poder continuar en sus trajines de acuñador de caudales. Se le agravó aquel síntoma fastidioso que llamaba abombamiento de la cabeza, y que unido a la pérdida casi absoluta de la memoria después de comer, le ponía en gran desesperación. Pero lo peor fueron los vértigos que inesperadamente le acometían, y que le privaron de ir al Senado, y aun de salir a la calle. Sin hacer caso de Quevedito, propinábase depurativos, que a poco le agravaron el mal.
Más atención que al médico, prestaba a los amigos que le recomendaban este y el otro específico. Probábalos todos, y como con alguno le resultase una mejoría engañosa y casual, lo tenía por excelente, infalible panacea. Pronto venía el desengaño, y a probar nuevas drogas, rechazando siempre el examen facultativo, pues no podía ver a los médicos ni en pintura. "Así como la desgracia le hace a uno filósofo - decía -, la enfermedad nos hace catedráticos de Medicina. Yo sé más que todos esos matasanos, porque me observo a mí mismo, y sé cuando me conviene abrir las válvulas y cuándo no".