Nazarín by Benito Pérez Galdós — Read

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Todo el resto del día estuvo sola la buena pieza, pues el padrito no se daba prisa por volver a su domicilio. Recelos y desconfianzas de criminal acometieron por la tarde a la malaventurada mujer. "¡Si me denunciará este buen señor! - se decía, no pudiendo pensar más que en la anhelada impunidad . No sé, no sé., porque unos le tienen por santo y otros por un pillete muy largo, pero muy largo. No sabe una a qué carta quedarse. ¡Contro!, ¡mal ajo! Pero no, no creo que me denuncie. El cuento es que si me descubren y le preguntan si estoy aquí, contestará que sí, porque él no miente ni aun para salvar a una persona. ¡Vaya con la santidad! Si es cierto que hay Infiernos con mucha lumbre y tizonados, allá debían ir los que dicen verdades que a un pobre le cuestan la vida o le zampan en una cárcel".

Por la tarde pasó un rato de horrible pavura oyendo de la Chanfao junto a la ventana. Hablaba con otra mujer que, por el habla gargosa y carraspeante, parecía la Camella. ¡Y la Camella era tan mala, tan amiga de meter en todo las narices, y llevar y traer cuentos! Después que picotearon bien, Estefanía llamó con los nudillos en el cristal, pero como el padre no estaba allí para responderle, se fueron las muy indinas. Otras personas, y algunos chicuelos de la vecindad, llamaron también en el curso del día, cosa muy natural y que no debía ser motivo de alarma, porque la pobretería de aquellos lugares visitaba con frecuencia al que era amigo y consuelo de los pobres. Al anochecer, ya no podía la mujerzuela con su congoja y susto, y anhelaba que volviese el clérigo, para saber si podía contar o no con el sigilio en aquella oscura reclusión. Los minutos se le hicieron horas, al fin, cuando le vio entrar, ya cerca de anochecido, a punto estuvo de reñirle por su tardanza, y si no lo hizo fue porque el gozo de verle le quitó el enfado.

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