Torquemada en el Purgatorio

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Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin, le dijo a Cruz que cerrara la puerta a semejantes posmas, o que tan sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, a los que traían algo, ya fuese chorizos, o chocolate. o aunque fueran castañas y bellotas, que a él le gustaban mucho.

En tanto, iba acomodándose a la vida parlamentaria, y elegido para esta y la otra comisión, se aventuraba a ilustrar a sus compañeros con alguna idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una u otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías a cada rato al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso de cualquiera de aquellos puntos, ya otra colecta para erigir un monumento a Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían por un personaje moderno, de estos que se hacen célebres charlando por los codos o revolviendo a Roma con Santiago. ¡Y a cada instante víctimas por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos y viudas y huérfanas del Sursun Corda.

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