Torquemada en el Purgatorio

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Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal acostumbrado a fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las pasiones humanas eran un juego, o sport destinado al solaz de los jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena ropa, etc. Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes, nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar a solas con su amiga, se arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante, refregándole el rostro con irónicas e intencionadas réplicas, no más suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era el compromiso en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de la señora de Torquemada, pues siendo como un artículo de fe que ella le había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con un hombre imposible, ¿con qué cara le decía él ahora a la pública opinión: "Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención.

Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga por imbéciles como malvados".?

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