Episodios Nacionales Para Niños

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Ileso pude salir del «Rayo», ¡gracias a Dios!, y al recobrarme del quebranto, inanición y pavura de la tragedia naval, me faltó tiempo para trasladarme a Cádiz. Pero yo no escarmentaba, podéis creerlo. Mi alma infantil, atormentada por ilusiones varoniles, no anhelaba el reposo, sino el tanteo de nuevas aventuras. Mi afán era ensanchar el campo de mi vida, cambiar de escena y de ambiente, buscando más extenso conocimiento de personas y cosas. Ambicioso de vivir, aunque fuera con estrecheces, dolores y amarguras, puse todos mis pensamientos en la idea y propósito de salvar la enorme distancia entre Cádiz y Madrid. Y para que veáis, amados niños, lo que puede una voluntad decidida, sin dinero, sin relaciones, con la tierra bajo mis pies y el cielo sobre mi cabeza, vi logrado mi deseo, y entré en la capital de España, calle de Toledo arriba, una fría tarde de noviembre. Verdad que llegué medio muerto y sin otro amparo que el de la caridad pública; pero llegué y viví, recibiendo, en tan dura ocasión, los favores de mi amiga, la divina providencia.

Esta señora no me abandonaba, y por ella, a los pocos días de miseria y vagancia en las calles de la villa, entré al servicio de una cómica muy salada. Habríais de ver al marinerillo de Trafalgar balanceándose en las olas de la vida de teatro, que es muy semejante a la del mar proceloso. Si antes había presenciado las embestidas de ingleses contra españoles luego intervine en el rudo pelear de los bandos teatrales, y para engolfarme más en los golfos comiquiles, yo fui también cómico, y representé dramas y aun tragedias, poniendo en el fingimiento toda el alma que había sabido poner en las funciones verdaderas.

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