Explore "El Doctor Centeno" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alejandro Miquis (1) estudiante de leyes, natural del Toboso, de veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes, alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio. Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés, esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años, que parecían aparatos de calefacción o salida de los humos de la cabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidad de continente, heredada de la generación anterior, imponía a todo madrileño fino el deber de añadir a su cabeza a todas horas, el inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dicha nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando su uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña de La Iberia (fijarse bien en la fecha, que era por febrero de 1863), y a ratos leía, a ratos peroraba. Miquis, con la capa terciada, el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto cantaba como tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta una frase parlamentaria; Miquis, sin oírle, dijo en tono de teatro aquellos afamados versos de Quevedo:
Faltar pudo su patria al grande Osuna, pero no a su defensa sus hazañas.