Explore "El Doctor Centeno" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto es claro como la luz del mediodía; la semana que entra le traigo a usted su dinero», doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro. Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad de seso iba mermando rápidamente; pero al llegar a aquel caso, lo juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había él oído jamás. Se avenía bien aquello con la casa de su tía, y con la persona de ésta, persona, casa, trato y aliños en que todo semejaba embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en provecho suyo la locura que la dama iba a cometer; como en tal ocasión estaba escasísimo de dinero y sólo abundante de compromisos, deudas y necesidades, no tuvo nada que decir contra la generosa oferta. Eso sí, cuando la Godoy le puso por condición el honrado y juicioso empleo del dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo a su mejoramiento social y educativo. ¡Pues a fe que era poco formal! En la vida más se le vería en los cafés, y todo el que lo quisiera ver que le buscara en las bibliotecas, en las cátedras y por las noches en algún salón de embajada o en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de finísimas damas perfilara sus modales.
-Eso, eso, eso -dijo la tiíta con crédulo alborozo. Si no lo haces así, perdemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de conciencia.