El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y cada cual ocupaba su sitio. Hubo temporada en que se reunieron veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres o cuatro señores graves que daban respetabilidad a la mesa y a la casa. Entre los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún empleado o pretendiente. De los señores que se denominaban fijos, merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona y circunstancias dignas de estudio. Había sin duda misterio en aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba a nadie y se pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al mes a pagar el hospedaje y a enterarse de sus necesidades. Se llamaba don Jesús Delgado, y cuando decían «a comer», era el primero que franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando a que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando éste sonaba era para preguntar a la criada o a Virginia si había venido el cartero. Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato, medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de todo hacía un poco y de todo nada, que a veces parecía acomodado, a veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que, por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse amigo de cuantos personajes crió Dios.

También observábamos en la vida de don Leopoldo algo de misterio, porque no se le conocía empleo, y sin embargo solía decir: «Hoy, al salir de la oficina.», y otras cosas que ponían en grande confusión a los que lo escuchábamos. A éste le llamaban el Señor de los prismas, porque en su lenguaje petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo la frase: «Mirando tal o cual cosa bajo el prisma». En toda discusión política de las que un día y otro se trababan en la mesa, salían a relucir tantos prismas, que a poco más se vuelven prismáticos la mesa y los huéspedes.

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