Gloria by Benito Pérez Galdós — Read

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Estaban los dos en una sala del Mediodía, con ventana al jardín, por la cual éste prestaba gratísima vista y olores al sentido. Parecía despacho más que otra cosa la tal pieza, por la regular balumba de libros y papeles que en diversos lugares de ella había; y las paredes se vestían con mapas, láminas de santos, el busto del Sumo Pontífice y un gran cuadro que contenía el retrato al óleo de un obispo, representado con pluma en la mano.

Sentado en ancho sillón estaba allí don Juan de Lantigua, hombre que iba ya mucho más allá de los cincuenta, serio, muy simpático á la vista y de fisonomía harto inteligente. Su frente y perfil no carecían de majestad, sin ofrecer bellezas académicas; pero lo dominante en todas las partes de su rostro era la expresión patente de una tenacidad acerada, como debió de ser aquella que hizo los héroes cuando había héroes y los mártires cuando había mártires. Así es que si pasó su vida sin ser ni una cosa ni otra, no consistió en él. Parecía la naturaleza corporal de aquel hombre quebrantada ó por estudios ó por penas. Podía también observarse en su semblante una tristeza serena, muy distinta de la teatral misantropía de los escépticos. Cuando le conozcamos mejor, veremos que aquel melancólico sentimiento, que tan claramente salía de lo hondo á la superficie de su persona, era más que descontento y hastío de sí mismo, una como lástima profundísima de los demás.

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