Explore "Gloria" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Estalló, como he dicho, el cohete en los aires, y casi en el mismo instante resonaron las campanas de la Abadía, mezclándose el agudo son de la esquila con la hueca salmodia del fabordón, para anunciar á los habitantes de Ficóbriga el felíz suceso. Salieron todos á la calle; abandonaron la playa marineros y calafates; de los campos acudieron labriegos y pastores; afluyó de una y otra parte enjambre de chiquillos; todos los funcionarios municipales aparecieron de gran etiqueta, y ninguna persona quedó en su casa. La cariñosa manifestación provenía de que los Lantiguas eran muy queridos en la localidad, especialmente el D. Angel.
De todas las personas importantes que salieron al encuentro de su Ilustrísima, el más apresurado fué D. Silvestre Romero, cura de la villa. Siguióle correteando, según se lo permitían sus piernecitas, el llamado D. Juan Amarillo, varón pálido y rico, que no llevaba tal apellido, por ser, como era, el usurero de la comarca, sino porque lo heredó de sus dignos padres. Fué también el boticario, industrial ingeniosísimo que iba en camino de ser rico, y no se quedó atrás, sino que fué de los primeros en correr al camino, abrochándose el recién puesto y de antiguo raído pantalón. D. Bartolomé Barrabás, el liberalote del país, exdómine con puntas de filósofo, ogaño maestro de escuela, con pespuntes de hombre político, y aun de orador y también de periodista. Siguiéronle varios indianos, paso á paso, marchando con gravedad y compostura, porque hombres que habían pasado toda su vida trabajando no podían igualarse á los chicos de las calles ni á los holgazanes, como D. Bartolomé Barrabás. Iban acompañados de sus sombreros de pelo, para tan alta ocasión sacados de las sombrereras, y también de sus paraguas, que desafiaban á las nubes.