La Familia de León Roch by Benito Pérez Galdós

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Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento.

Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el hado social, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»

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