La Familia de León Roch by Benito Pérez Galdós

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Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fué bruscamente interrumpido.

Alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo que delante de él estaba sobre la chimenea, vió una figura enjuta y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y violáceo, cuya piel, llena de costurones, parecía recientemente remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa; pero que por su agudeza iba tomando aspecto de pico y daba al rostro cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara en angosta faja, semejando el pañuelo que se pone á algunos muertos para que no se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa, en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante á un surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así es permitido decirlo, la descomposición ó la transfiguración de una cara hermosa, ó mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y también vió dos manos metidas en bolsillos, y dos pies de mujer, cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de pantalones cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin formas, sin donaire, como armadura hecha para la ropa; un traje de mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de consumar el asesinato. Y cuando esto vió, León dijo bondadosamente: «¡Ah! Polito, siéntate. ¿Qué traes por aquí?»

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