Explore "La Desheredada" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Generoso señor aquel que evitó a Isidora la angustia y el bochorno de la sala común, apresurándose a pagar la miserable cuota! ¿Quién era aquel ser benéfico que practicaba la caridad tan oportuna y noblemente? La agraciada no le conocía más que de haberle visto dos o tres veces en el cuarto de su vecina (una tal Antoñita Surupa, que por ciertos porrazos, calificados de lesiones graves, estaba en la casa purgando la impetuosidad de su naturaleza meridional), y por lo mismo que era tan superficial el conocimiento, era mayor su gratitud. Al día siguiente de aquel rasgo, merecedor de los mayores encomios, el autor de él, Frasquito Surupa, a quien por mote llamaban Gaitica en círculos que apenas es lícito nombrar, visitó solemnemente a Isidora.
Según él mismo dio a entender, era persona notable y acaudalada, hombre de gran mérito, que todo se lo debía a sí mismo, pues abandonado de sus nobles padres y desheredado por sus nobilísimos abuelos (¡miserias y bribonadas del mundo y de la ley! ), había tenido que crearse una posición con su ingenio y su trabajo. Motivos diferentes halló Isidora en su nuevo amigo para sentir hacia él simpatía y antipatía, en porciones casi iguales, porque si bien aquello de ser hijo natural y abandonado, víctima del egoísmo de sus padres, le hacía sobremanera interesante, en cambio sus modales y su lenguaje eran de lo más soez y chabacano que imaginarse podría. Su figura hermosa, juvenil y hasta cierto punto elegante, que recordaba la de Joaquín Pez, perdía todas sus ventajas con lo que del alma salía a los labios de tan singular criatura, en esa florescencia del ser que se llama conversación. Por momentos Isidora le encontraba agradable, por momentos aborrecible. Él, hablando sin cesar de las injusticias humanas y contando los martirios y persecuciones de que había sido víctima, cautivaba más la atención de la prisionera.