La Desheredada by Benito Pérez Galdós — Read

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Aquella buena mujer que pared por medio de la Sanguijuelera vivía, tenía por consorte a un rico mercader americano. Entiéndase bien que lo de rico se le aplica por ser tal su apellido (se llamaba Modesto Rico), y lo de americano por tener un establecimiento, no en las Américas que están de la otra banda del mar, sino en aquellas, menos pingües y lejanas, que se extienden por la Rivera llamada de Curtidores, pasan la procelosa Ronda de Toledo y van a perderse entre basuras, escombros y residuos de carbón en las Pampas de la Arganzuela, cerca de donde, por fétidas bocas, arroja Madrid sobre el Manzanares lo que no necesita para nada.

Modesto Rico tenía un tingladillo de clavos usados, espuelas rotas, hebillas, cerraduras mohosas, jaulas de loros, abolladas alambreras y tinteros de cobre. Era además lañador y lañaba de lo lindo. Ganaba poco, y este poco se lo quitaba su afición a la horchata de cepas. Animal más digno de desprecio y lástima no se ha visto ni verá. Una y otra vez en el curso de la semana, y principalmente los domingos y lunes, hacía sus cuentas sobre las costillas de su mujer con una vara de acebuche o simplemente con la mano, más dura que granito.

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