Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
No era feliz D. Pito en aquella vida de inválido, amenizada con turcas, vida holgazana, humillante y aburrida lejos de su elemento propio, el mar. Madrid no le gustaba ni le gustaría aunque en él tuviese asegurada la olla cuotidiana, aunque en la casa de su hermano Simón se ataran los perros con longanizas, y aunque doña Catalina de Alencastre ocupara el trono de sus mayores. Fácilmente prescindía de todo regalo corporal, como hombre avezado a las privaciones; fácilmente soportaba los largos ayunos que en la morada Babélica equivalían a un ramadán continuo; pasaba por las incomodidades de la vivienda, poblada a veces de parásitos voraces, que de los cuatro cuadrantes salían para embestirle; toleraba otras mil molestias, ya por exceso, ya por escasez. Todo ello significaba poco, mientras hubiese tabaco y bebida, y esto gracias a Dios, nunca le faltó. Lo que a D. Pito le amargaba la existencia era vivir en un pueblo donde no había manera de ver ni de oír ni de oler la mar por ninguna parte. Durante días y días, olvidaba el objeto de sus ansias amorosas; pero de repente un día cualquiera, antes o después de embalsamarse, sentía tan angustiosa nostalgia, tal desgana de la vida, tal deseo de correr a otras regiones, que se le metía en la cabeza la idea de matarse. Luego no se mataba, es cierto; porque no cuajan todas las ideas.
Gran parte del tiempo se lo pasaba calle arriba, calle abajo, mirando el mujerío (otra mar también muy de su agrado), sentadito en un banco de Recoletos, si hacía buen tiempo, viendo pasar coches, o dejándose ir al garete por las alamedas del Retiro. A veces, cuando la presión alcohólica era excesiva, se lanzaba más allá de las rondas exteriores, donde el caserío se enrarece, dejando ver el casco pelado, la desnudez esteparia de un campo sin accidentes. Allí, respirando el aire puro, mirando el cielo y la tierra que en horizonte se juntaban en faja corrida de azul intensísimo, sentía algo semejante a la impresión del sublime Océano. «Ahí está -decía entre crédulo y escéptico-, ahí está el muy judío. No será; pero lo parece». Avante toda, y se lanzaba por las llanuras mal aradas, en cuyos surcos crece la cebada raquítica de que se alimentan las burras de leche, hasta que rendido de fatiga se sentaba en cualquier mojón, cruzaba las piernas, poniendo el palo entre ellas y quitándose el sombrero, limpiábase la frente con el pañuelo de hierbas que dentro de aquél llevaba, y se embebecía en la contemplación de la raya azul del horizonte, sobre la cual pesaban esas nubes turgentes y gallardas que parecen inmenso escuadrón de caballos al trote. Murmuraba entonces sílabas obscuras, cláusulas desconocidas que debían de referirse al cariz del tiempo y a las probabilidades de chubasco. Alguna vez pronunciaba frases completas, extendiendo la mano como para darle una palmadita a la atmósfera. «Va rolando al Sudoeste, y antes de diez minutos, agua».