Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Tan caviloso dejó al buen presbítero su conversación con el madrileño, que se sentía tocado de insomnio, y antes de acostarse se paseó largo rato por su leonera, rezando o intentando rezar las oraciones de costumbre. Pero si las palabras religiosas retozaban en sus labios, los pensamientos no eran de los que saben el camino del Cielo, sino antes bien de los que rastrean acá, entre los rincones y callejuelas del egoísmo.

«¡Vaya con la muñeca mística. qué ventolera le ha dado! Olvidarse así del interés de la familia. ¡Y que no es floja carga para el pobre tío de tanta gente! Yo pensé que Roque, después de la caída en que se rompió la pata, no traería más chiquillos a casa; pero nada. como si tal cosa, y si el hombre no sirve para ganarlo, en cambio para padre no tiene precio. Justina me regala un sobrinito nuevo cada año, y vamos viviendo, criándolos a todo, hasta que yo no pueda más, como no venga el milagro de los panes y los peces. que no ha de venir. Bueno, señor. A lo que iba: como soy perro viejo y penetro en el magín de las personas más disimuladas, he comprendido bien que a ese caballero le peta mi sobrinilla, vamos, que está prendado de ella. ¡Si será simple la mocosa esta de los ojos danzantes.! Yo no he visto otro caso ni creo que lo haya. Un hombre riquísimo ¡zapa! que a todos nos haría felices. Mientras más viejo es uno, mayores rarezas ve en este mundo, y lo que a mí me confunde más es que esta chiquilla no haya comprendido que su amo la quiere, o comprendiéndolo se quede tan fresca, sin pizca de ambición. noble ambición sin duda, no confundamos, sagrado amor de la familia.

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