Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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De la cual salió súbitamente, y como de un salto, media hora después, porque no vale que el cuerpo tome la horizontal, cuando las ideas se obstinan en ponerse en pie; ni vale que los músculos fatigados se relajen y apetezcan la quietud, cuando la sangre se desboca y los nervios se encabritan. Lo primero de que el herido se hizo cargo fue de la soledad en que se encontraba, pues Dulcenombre había salido. Sintió en torno suyo la impresión triste de la ausencia del ser que a todas horas llenaba la casa con su tráfago, diligente y amoroso.

«¡Qué buena es esta Dulce -pensó-, y qué vacías; qué solas, qué huérfanas quedan las cosas cuando ella se va!». Al pensar esto, como volviera a sentir el zumbido del insecto, se inflamó de nuevo en ira y deseos de destrucción. «O ha resucitado ese miserable -se dijo-, o ha venido otro a ocupar la plaza». Mas era un ruido puramente subjetivo, efecto de la debilidad y de la excitación de los nervios acústicos. El reloj de San Antón dio las ocho, y Ángel, después de contar cuidadosamente las campanadas, quedase con la duda de haber acertado en la cuenta. Los rumores de la calle se desfiguraban y acrecían monstruosa mente en su cerebro: el paso de un carro se le antojaba rodar de artillería, y los pregones alaridos de combate, los pasos de los vecinos en la escalera, movimiento de tropas que subían a ocupar el edificio.

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