Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al duodécimo día, Guerra, sin fuerzas aún para arrostrar la presencia de su terrible mamá, deseaba tener noticias de ella, porque la última vez que la vio padecía la buena señora un fuerte ataque de su asma crónica. Al propio tiempo anhelaba ver a su hija, que con la abuela vivía, o al menos, ya que verla era difícil, saber de ella y hablar con alguien que la hubiese visto. Dulce se encargó una tarde de esta comisión, que no era la primera vez que desempeñaba, y se puso a rondar el caserón de los Guerras, en la calle de las Veneras. No estaba tranquila la joven, pues aunque no había tratado nunca a doña Sales, temía que ésta la conociese por adivinación y le soltara alguna inconveniencia. Pero no la vio entrar ni salir en toda la tarde. Aguardó un poquito, esperando ver a la niña, y en esto fue más afortunada, pues al anochecer pasó con su haya. A Dulce se le iban los ojos detrás de la chiquilla, y la hubiera detenido para comérsela a besos, porque era preciosísima y muy salada; pero no se atrevió. No queriendo volver al lado de Ángel sin llevarle alguna noticia concreta de su madre, siguió rondando, con esperanza de ver entrar o salir a Lucas, criado de la señora de Guerra, y la única persona de la casa a quien trataba, por haberle utilizado Ángel secretamente en varias ocasiones para comunicarse con su querida. Lucas recaló al fin, presuroso, llevando una botella que parecía ser de botica. Dulce le detuvo para preguntarle por la señora, añadiendo, por vía de precaución, que el señorito Ángel andaba por el extranjero desde la tremolina del día 19; y de boca del criado supo que doña Sales estaba en cama, aunque no de gravedad. Volvió corriendo la joven a su casa, y contó a Guerra el resultado de sus averiguaciones: la señora enferma, la niña buena y sana.
-¿Reparaste bien si tenía buen color?