Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Pues sí, señor, se me apareció la Virgen y me dijo: «Pobrecita, tú has nacido para padecer y ser esclava. Alégrate, que la mejor de las voluntades es obedecer siempre, y la mejor libertad no tener ninguna, y esperar sólo trabajos, obligaciones, molestias, y en una palabra, esclavitud. De niña, fuiste sometida a mil pruebas difíciles. Mujer, sometida serás a mayores pruebas. No pienses en nada agradable para los sentidos; no te recrees más que en sufrir, y acude siempre a donde quiera que veas dolores, miserias y penalidades. Desprecia la felicidad, y humíllate siempre, pues siempre has de ser sierva.» Así me habló, palabra por palabra, y por esto aunque la vida del convento me gustaba, como las señoras de Rojas no querían que me quedase allí, dispúseme a obedecerlas y a ir adonde me llevasen. Pues verá usted: otra noche se me apareció mi madre y me dijo: «Hija de mi corazón, me he muerto. Reza por mí y no te cases nunca». Al día siguiente supe la muerte de mi madre, ocurrida repentinamente. Fue una angina de pecho, según me contaron. Sintiose malita al volver del río, y se echó sobre la cama: a media noche era cadáver. Mi padrastro no vivía ya con ella, y según dijeron, andaba con los Juanillones. A mi hermano el músico le habían pensionado ya, y estaba en Madrid. ¿Y el pobrecito monstruo? ¡Ay! Esto era lo que a mi me ponía en grandísima inquietud. Por dicha de él y mía, le recogieron mis tíos, y con ellos vive.

A poco de quedarme huérfana, las señoras de Rojas me llevaron consigo ¡qué pena dejar el convento! Pero como la Santísima Virgen me había dicho «ríete de la felicidad. obedece siempre. abomina de todo lo que te gusta» no hice la menor resistencia. ¡Y cuánto me querían aquellas señoras! Enseñáronme mil cosas útiles, y cuando murió la mayor, doña Cayetana, doña Pía me recomendó a su madre de usted para niñera o institutriz de Ción. Una tarde me trajo el Sr. Pintado a Madrid, en el tren, y en la estación estaba D. Braulio esperándome. Dos años hace que entré en esta casa. Lo demás lo sabe usted, y aquí se acabó mi cuento.

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