Silas Marner by George Eliot — Read

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Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de la familia -- cuatro personas solamente -- estaban sentados alrededor de la mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la iglesia llamaran al oficio.

Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en ella hace quince años.

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