Explore "El Príncipe Amado" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ignoto no estaba en la cabaña; pero hacía luna, la puerta se hallaba franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leñador, sobre el cual se tumbó muerto de fatiga. Lo que más admiraba á Amado era que, en medio de tan terrible é imprevista catástrofe, con sus padres presos y su reino perdido, no se sentía ni la mitad de fastidiado y triste que otras veces. Estaba rendido, eso sí, pero muy satisfecho, porque al fin, si no es por la destreza y el valor con que supo evadirse, á estas horas se encontraría en la eternidad. Pensando en esto empezó á apoderarse de él el sueño; y aunque sus huesos, acostumbrados á colchón de pluma de cisne, extrañaban el duro banco de roble, ello es que se quedó dormido como un lirón.
Cuando despertó brillaba el sol, y al pronto no pudo Amado comprender cómo estaba en aquel sitio. Mas fué recordando los sucesos de la noche, y al mismo tiempo notó cierta presión de estómago que significaba hambre. Levantóse esperezándose, y como viese en una escudilla unas sopas de leche y pan moreno, les hincó el diente con brío. ¡Qué plato para el príncipe de Colmania, habituado á desdeñar melindrosamente pechugas de faisán con trufas! En aquel momento entró Ignoto, y se mostró muy alegre al ver á Amado. En dos palabras le enteró éste de lo que ocurría, y concluyó diciendo: