Explore "Insolación" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener y hacer pasar el mejor rato posible a un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: tengo que rendirle justicia al grandísimo truhán, y una vez que me encuentro a solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, bromista y (admitamos la terrible palabra) en juerga redonda conmigo, como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una acción descompuesta o siquiera familiar llegó a permitirse. En ocasión tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que en otra mero galanteo o flirtación (como dicen los ingleses). Esto lo entendía yo muy bien, aun entonces, y a la verdad, temía cualquiera de esas insinuaciones impertinentes que dejan a una mujer volada y le estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fue tal, que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y retrecheras a las gitanas, a la chica del puñal de níquel y hasta a la fregona del estropajo. Cierto que a veces sorprendí sus ojos azules que me devoraban a hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en la cuenta, los desviaba a escape. Su acento era respetuoso, sus frases serias y sencillas al dirigirse sólo a mí.
Ahora se me figura que tantas exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza e interés: ¡ah malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.