Insolación by Emilia Pardo Bazán — Read

Explore "Insolación" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.

La buena fe, que debe servir de norma a los historiadores así de hechos memorables como de sucesos ínfimos, obliga a declarar que la marquesa viuda de Andrade se dedicó asiduamente -desde las dos de la tarde, hora en que llegó a su casa, hasta cerca de las nueve de la noche- a la faena del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el siguiente día, sin prórroga. El trajín fue gordo, y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió hasta el último trasto de la casa; mareó a la Diabla; aturrulló a los demás criados; y al agitarse así, la impulsaban sus nervios, tirantes como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete amargo en la boca. Después de haber comido -por fórmula y sin ganas- pidiole Ángela licencia, ya que era el último día, para decir adiós a su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró a su dormitorio… Tenía que poner el S. D. a un sinnúmero de tarjetas; pero ¡estaba tan molida!, ¡de humor tan perro! Además la punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable… ¿Se aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver…

Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la historia. De un modo o de otro ello iba a acabarse; era inevitable, inminente: mejor que se acabase así… Porque si aquella última entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué… Nada; mejor así, mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien prescindir. Y a quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse a bailar con… Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las gorrionas, los incidentes del almuerzo… y las hieles se volvían más amarguitas aún. Cierto que ella fue quien abrió puertas y ventanas: de todos modos, el proceder de Pacheco… Sí… buen tipo estaba Pacheco. En viendo una escoba con faldas… ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar a las cigarreras así, delante de… ! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias a Dios… Conservaría sí un recuerdo… , un recuerdo de esos que… Allí tenía, en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la acacia blanca… ¡Qué tontera! Lo probable es que a Pacheco no volviese a verle nunca más… Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será enfermedad, o… Parece que lo aprieta un aro de hierro… ¡Jesús, qué cavilaciones más simples!

Reading navigation