Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Por entonces daba yo desenlace a uno de aquellos consabidos idilios prematrimoniales cuyas emociones describí, y encontrándome libre otra vez, alegre y melancólico juntamente, como el ave que ha logrado evadirse de una jaula linda y bien surtida de lechuga apetitosa, me dejé inducir a frecuentar la tertulia de absoluta confianza que formaban las hijas de D. Benicio y dos o tres amiguitas, reforzadas con media docena de amigos, entre los cuales se contaban Baltasar Sobrado y León Cabello, el virtuoso marinedino, como solía llamarle Primo Cova. La tertulia era entre anodina y familiar; había mucha labor de gancho, excesivo aporreamiento de piano, y algún tortoleo en los rincones; todos sabíamos que Baltasar Sobrado, «ponía los puntos» a Rosa; pero lo hacía con tan diestra maña y tal estrategia de cotorrón experto, que era difícil predecir si se dejaría coger en las blandas redes conyugales.

Yo también estaba a salvo, pues nunca se me había ocurrido dedicarme a ninguna de las niñas de Neira, creo que por respeto o conmiseración hacia su padre, al cual me pesaría mucho de ocasionar la más mínima desazón. Era este un sentimiento puro, altruista, que yo cultivaba para tener el derecho de afirmar que mi alma no está desecada por el egoísmo. Lejos de atraerme a la tertulia de Neira los tortuosos y maquiavélicos planes que sin duda llevaban allí a Sobrado, me condujo el interés por el estudio de las miserias de la paternidad, y la sospecha de que algún drama fértil en peripecias y en lances hondos iba a representarse en aquel hogar tranquilo en la superficie, pero interiormente trabajado por las pasiones y los anhelos de varias mujeres jóvenes, bellas y sedientas de vivir.

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