Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Tres meses hacia que este había llegado a Marineda, donde se hablaba mucho de él, a pesar de que se le tachaba de retraído y entonado. Era uno de esos hombres a quienes el público, al negarles ya la juventud, les sigue otorgando los privilegios a ella inherentes, y encontrando muy natural que dediquen la vida a perseguir el goce, a empalmar las aventuras, a la baraja y a la broma entre amigos. Para decirlo de una vez, el gobernador de Marineda, que por cierto, se llamaba nada menos que don Luis Mejía, era todo un juerguista, pero con ribetes y collar de romanticismo: tipo bastante común en nuestra raza meridional, tan sobrada de idealismos malsanos como falta de sencillez y seriedad verdadera; y me pareció la más insigne prueba de inadvertencia y descuido en D. Benicio que dejase penetrar a semejante gavilanazo en aquel palomar repleto de palo más arrulladoras y lindas. Es verdad que entraba bajo el patrocinio de Sobrado, del soñado yerno, objeto de la codicia paternal de Neira, y rodeado del prestigio que da en provincia un puesto oficial que parece entrañar responsabilidades, y obligar a quien lo ocupa a observar una conducta, si no ejemplar, cuando menos formal y discreta.

A primera vista, Mejía guardaba las apariencias y conservaba su dignidad de funcionario y de personaje. Era grave al parecer, y en realidad guasón y motador de todo; hablaba con respetuoso acento de la religión, de la patria, del arte y de la mujer, cosas de que se reía allá por dentro, daba limosna fácilmente y se corría en las propinas, pero jamás se familiarizaba con los inferiores. Era de mediana estatura, delgado, airoso, y vestía casi siempre de un modo correcto y muy a lo señor, aun cuando algunas veces le delataban ciertas osadías del traje, que indican más de lo que se cree el desorden moral de la persona: una corbata de seda roja, anudada a lo torero; las botas achuladas, que usaba por la mañanita; un sombrerillo de delicado fieltro, pero de hechura manolesca; un perfume cursi y exagerado que salía de su ropa interior… Observándole bien, hube de fijarme en cierto detalle, para mí altamente significativo: su reloj, maravilla admirada por todos los snobs locales que se reunían en la Pecera, y, a mi juicio, rayo de luz que iluminaba por completo la ambigua faz de aquel representante de nuestra podrida burocracia. Procedía el reloj de la más renombrada casa inglesa, y era de oro, liso, riquísimo bajo apariencias de modestia, de intachable gusto, de máquina infalible, y de tan exquisito trabajo en sus cinceladas tapas, que el heredero de un -trono podría ufanarse con él. Pero examinado despacio el relojito, mirando detenidamente la tapa que cubre la esfera, podían verse cruzadas, entre los arabescos elegantes que trazó el cincel, dos iniciales, una L y una R, que no correspondían enteramente al nombre y apellido que usaba el gobernador. L, Luis, era su nombre de pila, pero ¿y el apellido?

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