Explore "Memorias de Un Solterón: Adán y Eva" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Debió de ser aquel mismo día en que los absortos marinedinos contemplaron la majeza y elegancia del ex tipógrafo y se quedaron como quien ve visiones, creyendo que se desquiciaba el mundo. Sí: aquel mismo día debió de ser, porque el hecho ocurrió cuando ya nadie puso en duda la realidad del tardío y estupendo enlace del rico D. Baltasar y la humilde Tribuna. -En su cuarto estaba D. Benicio Neira, desagradablemente ocupado contestando a cartas que desde Lugo le escribían, y en las cuales todo se volvían nuevas de casas de caseros viniéndose abajo por falta de reparos, de recargos de contribución, de malas cosechas, y de bajos precios. Neira escribía con inseguro pulso, y su abatida frente y sus hombros agobiados delataban el cansancio y la vejez. Toda situación difícil tiene horas más crueles, de mayor desaliento, y en la que atravesaba Neira, con un cabello le podrían ahogar. Próximo el vencimiento de los réditos que anualmente pagaba a Baltasar Sobrado, réditos que crecían como la bola de nieve, Neira no sabía ya qué finca hipotecar, ni de dónde sacar fondos para el urgente pago. Sus esperanzas de que Rosa «se colocase» y de que Sobrado, al entrar en la familia, usase de misericordia, con la noticia de la boda habían venido a tierra de golpe. La decepción cayó como un peñasco sobre el alma del pobre padre, que veía la miseria amagar a aquellas hijas tan amadas, a las pequeñuelas inocentes. Se acusaba a sí propio, y se despreciaba; ¿qué era él? Un hombre honrado a secas… inútil para la vida, para la lucha. Sólo podría haber sido dichoso naciendo dos siglos antes y encerrándose en un convento, en uno de esos refugios de los débiles, donde nadie tiene que crearse su propio destino, porque se lo da hecho la voluntad fuerte de un sabio fundador y la regla clara y firme por él establecida…
Mientras D. Benicio borrajeaba sus epístolas, tratando de defenderse, lidiando con las chinchorrerías de los de Lugo, revolvía en su mente el único medio de aplazar el conflicto. No le quedaba otro recurso. Era preciso escribir a doña Milagros exponiendo la verdadera situación. Aquella señora excelente, generosa, nobilísima -pese a los malsines- y muy rica ya, por herencia de la Tomatera de Chipiona, no se negaría a socorrer a D.