Una Cristiana by Emilia Pardo Bazán — Read

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Saltaré todos los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito, que en alguna fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; Portal en cambio se arrancaba los pelos, echando la culpa a la ojeriza del profesor, a las recomendaciones e influencias manejadas por otros alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos, las transacciones, las conformidades y las esperas. Su calma en el terreno ideológico se volvía furiosa impaciencia en el de la acción. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel demontre de año!

Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la vez dulce y sañuda: parecíame que cada paso adelante era una victoria sobre el detestable protectorado, era romper un eslabón de la cadenita de oro que me sujetaba. Vivía mi tío en el Hotel de Embajadores pero el portero me contestó con tono de persona bien enterada: «A estas horas suele estar en la casa nueva… Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada… sólo que no duerme en ella todavía… ¿Las señas? Pues Claudio Coello, número… ».

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