Una Cristiana by Emilia Pardo Bazán — Read

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Que dijese lo que gustase Portal, yo estudiaba la fisonomía y las acciones de tití, y con la doble vista de la pasión comprobaba una repugnancia, un desvío cada vez más acentuado y profundo… Dramaturgos que prodigáis venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que cantáis horribles tragedias; novelistas que realizáis tantos asesinatos como capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas peripecias se desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida, sujeta, enlazada día y noche al hombre cuya presencia basta para estremecer de aversión todas sus libras. Y dirán los que creen que la psicología es -como las positivas, exactas, físicas y naturales- una ciencia de hechos: ¿pues por qué había de repugnarle tanto a su mujer ese marido? No hay razón suficiente. Ninguna falta grave había cometido contra ella. Reina y señora en su casa, su esposo no le hacía infidelidades, antes bien se mostraba asiduo, aficionado al hogar y a la joven esposa que le aguardaba en él. ¡Ah! es evidente que la antipatía de tití era irrazonada, y por lo mismo más fuerte, más honda, más imposible de combatir y desarraigar. Se combate al adversario cuando tiene cuerpo, no cuando es impalpable sombra, real solamente allá en los obscuros antros de nuestro espíritu. Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan, que las arruinan, y sin embargo son amados, o al menos no repugnan. ¿Quién puede precisar de dónde sopla esa aura llamada Repulsión?

No es odio. El odio tiene porqué, se funda en motivos, se razona y se justifica: y si a veces me he dejado decir que yo odiaba a mi tío, me he expresado mal, con poca exactitud. No era odio lo que sentíamos hacia él su mujer y yo, sino algo menos vencible: repulsión profunda. El odio puede convertirse en amistad, hasta en amor, porque como se origina de causas positivas, otras causas positivas logran desterrarlo; pero la repugnancia misteriosa, la antipatía que nace de las profundidades de nuestro ser psíquico, esa no muere, ni se extirpa, ni se transforma: contra la sinrazón no hay raciocinio, ni lógica que valga contra el instinto, el cual obra en nosotros como la naturaleza: directa e intuitivamente, en virtud de leyes cuya esencia es y será para nosotros, por los siglos de los siglos, indescifrable arcano.

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