Explore "La Prueba" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Divina Peregrina, y cómo vino al día siguiente la buena de La Aurora! Sueltos embozados y misteriosos: otros que se clareaban; un largo artículo titulado Manos ocultas; unos versos macarrónicos que ocupaban casi toda la tercera plana; el número entero, en fin, consagrado a demostrar esta palmaria verdad: que mi tío Felipe Unceta tenía a sueldo un ejército de espadachines, matones, entre los cuales figuraban, en primera línea, su sobrino y el director de El Teucrense; que con este ejército aterrorizaba y cohibía y ahogaba la voz de la prensa imparcial; pero que no le valdría la treta, porque ellos (los de La Aurora) estaban determinados a irse al bulto y a no entretenerse con espantapájaros y testaferros, imponiendo severo correctivo al que se escondía cobardemente detrás de sus mesnadas, pues ya encontraría modo de llegar hasta su inviolable persona. Mezcladas con estas indirectas del Padre Cobos venían otras no menos ofensivas; salían por centésima vez los solares, con lujo de pormenores aún inéditos, y se hablaba de ciertos incidentes ocurridos en el baile entre un suegro y un yerno, una hijastra y una madrastra, incidentes que habían procurado el donoso espectáculo de una reconciliación de familia, hecha en público por la esposa sin anuencia del esposo.
Con el periódico en el bolsillo salí a pasear mi efervescencia y mi berrinche. Echando mano de toda la filosofía que tengo de reserva, pensaba para mi sayo: «¿Qué se hace aquí? ¿Sentarles la mano de verdad, o mandarles al cuerno? Delibera, Salustio.