Explore "La Prueba" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Serían las doce de la mañana cuando empecé a despertarme, con acíbares en la boca, las sienes estallando de jaqueca, el hígado pesado como plomo, y en el alma esa inexplicable desolación, ese pesimismo obscuro y hondo de los días que siguen a las noches orgiásticas. En medio de mi sopor oía un ruidito semejante al que hacen las teclas del piano cuando se las hiere en seco estando el instrumento desencordado del todo; eran los tacones de la pecadora, que daba mil vueltas por el cuarto, en puntillas, y entraba de vez en cuando, para volver a salir con algún objeto en las manos o en la falda. Sin duda a cada salida cuidaba de mirar hacia mí, pues al punto se dio cuenta de que yo estaba despierto, y llegándose e inclinándose a mi oído murmuró: «No hagas caso… Duerme más si se te antoja. Están ahí las prenderas, y les voy sacando a la sala las cosas, para que las vean y las ajusten… ¡Infundiosas como ellas, venir a tales horas! Si te incomodan, mira… las plantifico en la calle».
No contesté. Me levanté como si me impulsase un resorte. ¡Yo sí que quería plantarme donde la perdiese de vista! Su pelambrera enredada; su bata de rica seda, con el encaje hecho jirones; el chapaleteo de su calzado; su misma hermosura, su frescor intacto después de la noche toledana, me empalagaban como empalaga el último bocadillo de piña de América o de otro dulce muy rápido y gustoso. Bascas de la materia, ¡cómo asombráis el espíritu! ¡Cómo le recordáis su origen, su fin, su esencia divina! ¡Lástima que algunas veces os retraséis en el camino, y llegaréis solo en buena sazón para chapuzarnos en las amargas aguas de arrepentimiento de que hablaba el Salmista! Necesité violentarme para no tratar mal a la desdichada. Comprendí la brutalidad que les entra de sobremesa a ciertos hombres. Me disculpé con jaquecas y molestias gástricas, y ella empeñándose en llamar a un médico, en aplicarme compresas de agua de colonia, en darme calcio… Por fin logré zafarme, y en mi casa me lavé de pies a cabeza, me cambié de ropa, y me juré a mí mismo ir a la calle de Claudio Coello a borrar la mala impresión de la comida… «Salustio, ahora veremos si eres hombre o pelele. Anoche te portaste… Vergüenza debías tener. ¡Para eso tanto bravucar con el Padre Moreno, tanto echártela de redentor y hermano de Carmen… y ayer, sólo con la idea de que el enfermo bebía en aquel mismo vaso, ya no pudiste catar bocado, ya te pusiste a soñar disparates y acabaste por hacer de una pendanga nada menos que la encarnación de la vida!… No tienes tú, no, el coraje de esa mujer sencilla y modesta… Y lo que es ella te ha calado… Anoche es seguro que le infundiste lástima. ¡Rehabilítate hoy!».