Pascual López by Emilia Pardo Bazán — Read

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Y decíame yo a la mañana siguiente, entrando, después de una noche de desasosiego y vigilia a cuentas y juicio conmigo mismo, cual un tiempo lo hizo Sancho: sepamos, Pascual hermano, qué compromiso es el que ha contraído vuesa merced. ¿Ha tratado acaso de alguna gira o diversión campestre, para la cual haya de reunirse con un par de amigos, o media docena, en un ameno lugar, llevando todos sabrosos víveres y golosinas para merendar alegremente? No por cierto. ¿Hanle invitado a concierto o sarao, en que esparza el ánimo y honestamente se distraiga? Menos aún. ¿Pues adónde tiene de asistir mañana al despuntar la aurora? A la conquista de unos millones, tantos en número que no es posible contarlos. ¿Y quién os ha de ayudar y encaminar a conseguirlos? Pues el nunca bien ponderado don Félix Onarro, nata y flor de la ciencia, cifra y compendio de la sabiduría, que manda en la naturaleza y la metamorfosea y muda cual nuevo Ovidio. Bueno va. ¿Y sabéis vos, hermano Pascual, las peripecias que pueden sobreveniros en esa aventura? Según confiesa el héroe principal de ella, es fácil que él y vos, en un segundo, rodéis a la eternidad. ¿Él y vos decís? ¿Y no fuera posible que sólo vos corrieseis el peligro, y el taimado del sabio se quedase riendo? No va descaminado ese recelo. Y ahora supongamos que salís con bien de la aventura: ¿sabéis de buena tinta que se os vendrán a las manos los ofrecidos tesoros? Prometiómelo don Félix. ¿Y cónstaos a vos que don Félix no tiene la región cerebral vacía y seca como una avellana rancia? No me consta en modo alguno. Ligero anduvisteis entonces, Pascual. El diablo, añadía yo como el escudero manchego, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no.

Con tales reflexiones me eché a la calle, ansiando gozar del aire libre, por si era aquel mi último día de respirarlo, y deseoso de ver rostros conocidos, por si me restaban sólo unas horas de poderlos mirar. Nada de cuanto me encargara Onarro hice, porque en lo tocante a testamento, como no legase el alma a Dios y los huesos a la tierra, otra cosa no poseía; y de confesarme, si bien se me alcanzaba que fuera saludable prevención, era tal mi inquietud, zozobra y falta de recogimiento, y tal el tropel de imágenes y dorados sueños que por momentos me asediaba, que no pude resolverme a hacer examen de conciencia. Lo único que puntualmente cumplí fue la cláusula de no traslucir cosa alguna de la proyectada empresa ni del objeto de mis entrevistas con Onarro.

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