Explore "Doña Milagros" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
La venida al mundo de las dos encantadoras criaturitas pesó sobre mi espíritu como losa de plomo: acaso por primera vez comprendí la gravedad de la obligación en que me había puesto al decidirme a ser padre de doce hijos.
En mis meditaciones solitarias y penosas; en mis horas de considerar el negro porvenir, me acusaba a mí mismo, por no acusar a las instituciones sociales. Era clarísimo que no debí haber engendrado aquellos dos vástagos más, y su existencia probaba de un modo evidente y casi afrentoso para mí que yo no tenía un adarme de juicio, de buen gusto, ni de sentido común. Cuando dos seres humanos, en todo el hervor y fuego de la edad juvenil, siendo su cómplice la naturaleza, que les brinda una primavera llena de flores y fragancias, que les canta en las espesuras el epitalamio con coros de avecillas, y les alumbra las bodas con la lámpara de plata de la luna, se dejan arrastrar a cualquier flaqueza, el desliz les condena a reprobación, y le ocultan como si fuese el mayor atentado. Y en cambio, si dos personas como Ilduara y yo, que nos acercamos a la vejez, sin aliciente alguno, en prosa vulgar, damos al mundo seres que ni tenemos medios de sostener, ni tiempo de ver criados, a nadie se le pasa por las mientes discutir si sería lícita acción semejante, y se festeja el nacimiento como si fuese algún motivo de regocijo y zambra.