Doña Milagros by Emilia Pardo Bazán — Read

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Prestábame doña Milagros diariamente el gran servicio de acompañar a mis hijas a que tornasen el aire por sitios retirados, -paseos largos, como se dice en Marineda-, a la estación, a las afueras, a todos los lugares no vedados por el rigor del luto.

Conviene advertir que las muchachas llevaban el de su madre con exagerada puntualidad. Salían hechas unas tapadas de la época de Felipe IV, con vestidos de lana escurridos y sin adornos, y larguísimos mantos de beatilla con tupido velo de crespón, que, por delante, les llegaba casi hasta los pies, dejando entrever en confuso esbozo las facciones. Verdad que bajo aquella apretada celosía se adivinaban rostros espolvoreados de arroz, cabelleras bien peinadas y artísticamente rizadas, moños de construcción arquitectónica, formas turgentes delineadas por la estrecha cárcel del faldellín, piececitos calzados con esmero y manos cuidadosamente enguantadas. Diré más: tanto recato y tenebroso misterio realzaban mucho los atractivos juveniles, y parecían las enlutadas un enjambre de negras mariposas. La identidad del vestido y del tocado multiplicaba el efecto de la hermosura, bien como en los escaparates fascina más un objeto repetido o presentado en gran cantidad. Empezó entonces a correr por Marineda la fama de que eran muy bellas mis hijas: lo cual si pudo afirmarse de Rosa y Argos, no tanto de Clara, y Constanza mucho menos; mas ya se sabe que donde hay varias hermanas, una nota dominante de belleza o fealdad se aplica en general a todas.

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