Doña Milagros by Emilia Pardo Bazán — Read

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Es el caso que, desde el mismo instante en que me decidí a poner el candado, cesó de hacer falta.

Argos, al día siguiente de su escapatoria y de mi larga e inexplicable ausencia, fue acometida a la madrugada de violenta convulsión, lo cual al pronto no nos alarmó extremadamente, porque la habíamos visto muchas veces de aquel modo. Aplicamos los remedios conocidos, pero nos preocupó que a la excitación sucediese una especie de estupor letárgico. Dispuse que avisasen a Moragas, y criada volvió diciendo que el doctor había salido la víspera, llamado precipitadamente, para un enfermo de mucho peligro, al pueblecillo de Roblas, célebre por sus aguas minerales. Roblas dista cuatro leguas de Marineda; no había que pensar en Moragas, opté porque buscasen al facultativo que viviese más cerca y más a mano estuviese. Y por convenir sus señas con estas, accedió don Dióscoro Napelo, viejo y rutinario practicón, de los del tipo clásico, que no han abierto en su vida una revista francesa ni alemana y mantienen cierta saludable prevención contra los remedios modernos, y un entrañable amor a las fórmulas que aplicaron en sus juventudes. Como quien cierra los ojos y se entrega en brazos de la suerte, introduje al buen señor en el cuarto de mi desgraciada hija, a la cual rodeaban sus hermanas, locas de miedo, pues la creían expirante.

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