Explore "El hombre del antifaz blanco" by Edgar Wallace on Textopian. Read with annotations and highlights.
Miguel Quigley no había atravesado solo, ni de día ni de noche, el Pasadizo de la Horca. Se detuvo indeciso a la entrada, acompañado de una súbita inquietud extraña en él. Miró a un lado y a otro de la calle, buscando un agente de Policía, y hasta llegó a lamentarse de haber despedido al chofer del "taxi ". Sin embargo, el Pasadizo de la Horca en nada se diferenciaba de otros repugnantes pasajes; en cualquier ciudad grande existen millares de ellos y son tan misteriosos y siniestros unos como otros. Hace doscientos años, cuando los espadachines pululaban en estos antros, era ya otro cantar; pero ahora estamos en el siglo XX, y las fuerzas de una Policía admirablemente organizada, las sociedades benéficas y los inspectores sanitarios husmean en los más oscuros rincones sin peligro alguno. Una voz interior le decía que esto era verdad; pero que ninguno de ellos elegía para esas tareas las primeras horas de la madrugada. A semejantes horas, todos ellos estaban durmiendo.
Lo de que los moradores del pasadizo no dormían nunca no pasaba de ser una frase de mister Mason, qué era bastante dado a exagerar. Miguel examinó la fachada de la clínica del doctor Marford. Las ventanas del piso superior estaban abiertas. Aquél era, sin duda alguna, su dormitorio. Miguel había tenido una ligera esperanza de que el doctor anduviera por allí todavía. Reuniendo todas sus energías, penetró por la lóbrega entrada. Ni un signo de vida, ni un leve ruido. Todas las ventanas del pasadizo estaban oscuras.