La espuma by Armando Palacio Valdés — Read

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Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguió a Clementina cuando hemos tenido el honor de conocerla al comienzo de la presente historia, recibió la mirada iracunda que aquélla le dirigió al entrar en casa de su cuñada con admirable sosiego y resignación. Esperó un momento a ver si sólo iba a dejar algún recado, y como no saliese se alejó tranquilamente en dirección a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores.

La florista, al verle llegar, le sonrió como a un antiguo parroquiano y echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya preparado para él. Dirigióse a la Plaza Mayor y tomó el tranvía de Carabanchel. Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce al cementerio de San Isidro y siguió hacia éste a pie. Ascendió con rapidez la cuesta, llegó y penetró en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y sombrías galerías. Con paso rápido avanzó hasta una sepultura con losa de mármol blanco rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Permaneció algunos minutos inmóvil contemplándola. Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros este nombre: ISABEL MARTÍNEZ DE ALCAZAR. Debajo de él estas dos fechas separadas por un guión: 1842-1883, que indicaban sin duda las del nacimiento y la muerte de la persona allí enterrada. Había sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogió con cuidado, deshizo luego el ramo que traía, esparció las frescas flores sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas.

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