Los jugadores de ajedrez

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Angustias, india tarasca de raza pura, era maestra en el difícil arte de cuidar y entretener a los niños. Durante varios años sirvió en mi familia, prodigando sus cuidados, sucesivamente, a los cinco hermanos que éramos. Si nuestra casa era visitada por alguna enfermedad, Angustias se hallaba siempre a la cabecera de la cama, y cuando se trataba de enjugar lágrimas, consecuencia de alguna travesura de chiquillos, su palabra cariñosa nos proporcionaba pronto consuelo. Pero la ciencia de la bondadosa niñera era más patente cuando estábamos contentos. Inventando juegos nuevos, haciendo gestos verdaderamente estrambóticos, gracias a sus nada clásicas facciones, o contando cuentos jamás imaginados, nos hacía gratísimas las horas del atardecer y, llegada la hora, sabía conducirnos suavemente al mundo de los sueños. Otro don particular de Angustias era la pronta contestación que daba a las numerosas y peregrinas preguntas que solía hacerle la gente menuda. Era tal la espontaneidad de la respuesta y tan grande el aplomo con que la daba, que jamás pusimos en tela de juicio la solución por ella propuesta a cualquier problema que se presentaba a nuestros infantiles cerebros.

Los recuerdos de mi infancia están estrechamente ligados con la Hacienda de San Isidro Labrador, en donde residíamos la mayor parte del año. La finca, cercana a la ciudad de México, fué propiedad de la Compañía de Jesús desde los tiempos más remotos de la Colonia, y cuando los célebres religiosos fueron expulsados de los dominios españoles, por las razones que Carlos III tuvo a bien guardar "en su real pecho", fué adquirida por un mi antepasado. Se comprenderá, pues, que la casa de la Hacienda tenía más carácter de monasterio que de finca de campo, y mi padre, siguiendo el ejemplo de sus mayores, quiso que conservara siempre el austero aspecto que desde un principio tuvo. Las estancias, todas abovedadas y de poca elevación; los interminables claustros con arquería de medio punto; los muros, gruesos como los de un castillo medioeval; y principalmente la comarca toda ayuna de encantos naturales, pues ostentaba, como únicas galas, extensos magueyales y uno que otro eucalipto en medio de los campos de maíz y de cebada, hacían de la Hacienda de San Isidro Labrador un sitio que a muchos repugnaba, pero que a otros, al contrario, atraía por su misma desnudez y severidad. Inútil me parece decir que para nosotros era un verdadero "buen retiro"; en aquellos tiempos todavía se conservaban muchas de las costumbres del Virreinato, y mi padre era para los peones y sirvientes, más que el amo a quien se debía respeto, el jefe de una dilatada familia.

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