La loca de la casa by Vicente Blasco Ibáñez

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La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.

En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes: en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas del poeta. "¡Que hable el señor Simoulin!", gritaban mil voces. Y al poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del lírico orador.

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